viernes, 31 de agosto de 2012

¿Distancia?

¿Qué mas dará la distancia cuando algo es verdadero? ¿Qué más dará los kilómetros que nos separen? Sean los que sean, 300, 400 o 500, estes lo lejos que estes, ¿qué mas dará si quieres a la persona que te espera trás esos kilómetros?
No lo entiendo, ¿Por qué la gente cuando la dices que estas a distancia con alguien o que tu mejor amiga es de otra ciudad te dice que no saldrá bien? ¿Por qué no? Ellos no tienen ni idea, los sentimientos, la amistad, el amor, no entiende de distancias, no entiende de kilómetros o de carreteras de por medio y yo se que si ponemos todos de nuestra parte no tiene porque salir nada mal, que aquellos que me repiten una y otra vez: "No saldrá bien, Ana, no saldrá bien" son los mismos que desean tener el lazo que yo tengo con muchas de las personas que están lejos de mí, los mismos que por pura envidia intentan hundirme, pero a todos ellos les digo que no lo conseguirán, que yo a trescientos kilómetros he encontrado amistades que ellos jamás encontrarán en su propia ciudad, he encontrado a la persona que me completa y no, me niego a que un puñado de personas se ponga entre nosotros...
No es justo, todas las mañanas me despierto pensando lo mismo, no es justo que estén tan lejos, que mis mejores amigos no puedan estar conmigo, no es justo que cuando necesite uno de sus abrazos o de sus besos no los pueda tener porque la distancia esta de por medio, pero también se que en un mes o menos volveré a verlos y volveré a abrazarlos y a sentir de nuevo lo mismo, a sacar esa sonrisa que solo ellos saben sacarme, a poner esa mirada de tonta que solo pongo cuando te veo, solo tengo que ser positiva, pensar que si una amistad es verdadera, no se termina nunca y algún día, sea cuando sea volveré a verlos a todos, lo sé. Piénsalo, por mucha distancia que nos separe, el corazón no cambia de opinión. Te quiero y un puñado de kilómetros no me harán quererte menos.

domingo, 26 de agosto de 2012

MORILLO DE TOU.

A veces a las mejores personas te las encuentras donde menos te las esperas, a veces te das cuenta de que es injusto que la distancia exista, que tener a tus amigos lejos de ti no es justo, ni mucho menos, pero eso hace darte cuenta de cuales son las verdaderas amistades, que una persona que esta todo un año sin verte, a kilometros de ti, pero te ayuda mucho mas que alguien que esta a centimetros y es mucho mas importante para ti, es la que de verdad merece la pena... Esas personas que despues de un año entero sin verte, al verte de nuevo, salen corriendo y chillando a darte un abrazo, esas son las que de verdad me llegan. Que no se ni como ni cuando se han formado esos lazos de amistad que tengo con ellos, lo que si se es que durante todo el año hago todo lo que hago por volver a tener la oportunidad de verlos de nuevo.
De volver a ver de nuevo el cartel de: "camping a menos de un kilometro" y que la sonrisa, inevitablemente, salga sola, una sonrisa enorme, una sonrisa especial, por volver a entrar al pueblo y pensar: donde estaran todos? tengo ganas de verlos, por volver a ver esas sonrisas que tanto me gustan..
Y cuando llega el último día, los últimos minutos de mi estancia allí, cuando se reunen todos para despedirte y empiezas uno a uno a darles abrazos y besos es cuando te das cuenta de que personas como ellos hay pocas, que no vas a encontrar nunca un grupo así y te sientes la persona mas afortunada del mundo por haber podido aprovechar tantos años junto a ellos, porque ellos son de esa clase de personas de las que te sientes orgullosa de haber conocido, son de esos que da gusto estar con ellos..
No se si este habrá sido mi último año alli o no, por eso quiero dar las gracias a todos los que han formado parte de los últimos nueve veranos, los mejores de mi vida, sin duda alguna.
Hasta pronto gente.

miércoles, 18 de julio de 2012

Despierta

Amanecía en una calle del centro de Madrid, los coches de la gente que llegaba tarde al trabajo se agolpaban uno detrás de otro y pitaban desesperados imaginando la bronca que les caería al llegar a su destino, por la acera la gente andaba sin orden alguno, unos corrían, otros caminaban despacio admirando los bellos edificios de la Gran Vía u otros esperaban a que la persona con la que habían quedado apereciese. Las tiendas más madrugadoras abrían sus puertas y esperaban inquietantes a la masa de personas que entrarían en ellas a lo largo del día. Las cafeterías rebosaban de gente que quería tomarse su cafe matutino y los semáforos cambiaban incesantemente, Madrid había despertado.

Tristeza y melancolía

Como todos los domingos por la mañana, Almudena se levantaba con el olor a chocolate recién hecho y a churros recién comprados metido en la nariz.
Su madre tenía por costumbre hacerlo así desde que ella tenía edad para hacer uso de razón, todos los domingos se levantaba temprano y les hacía el desayuno a sus dos hijos...
Pero este no era un domingo cualquiera, su madre ya no estaba entre ellos, sus ojos estaban secos de llorar toda la noche y la dolía hasta el simple hecho de pestañear, allí sentada en su cama y con las manos sobre la cara escuchando a los pájaros cantar y a alguien canturreando en la cocina pensaba en cuanto echaba de menos los besos sonoros de su madre o los abrazos cariñosos, llenos de amor y de melancolía...
Estaba tan triste por la desaparición de su madre que, pese a escuchar a alguien cantar de fondo, no se dió cuenta de la existencia de alguien más en su casa...
Sobresaltada, soñolienta y con el pelo revuelto se dirigió a la cocina, de donde provenían aquellas extrañas notas musicales. Poco a poco según se iba acercando a la estancia a su nariz le llegaba el dulce olor del chocolate negro fundiéndose, el de un bollo apunto en el horno, el de los churros recién comprados...
Abrió la puerta chirriante y allí la vió, con los auriculares puestos, una coleta alta, mal hecha, de estas de estar por casa, un delantal rojo, unos vaqueros largos y unos tacones negros, altos, muy altos, era un atuendo raro para cocinar, pero así era ella, rara, extraña, la que siempre está en todo momento, la que la aguantaba y la hacía sonreir, una vez más y pese a haber estados separadas tanto tiempo ella seguía allí, como si nada...
Unos deseos irrefrenables de darla un abrazo se apoderaron de ella y así lo hizo, era su mejor amiga y estaba allí, apoyándola.
Era una prueba más de que la distancia no rompe las amistades verdaderas y de que lo que no te mata, te hace más fuerte.

La guerra.

Las paredes blancas de aquel hospital la volvían loca, hacían que esa angustia que tenía en el pecho fuese cada vez más grande, aquella cama de sábanas blancas donde estaba el o aquella máquina que pitaba constantemente la producían un rechazo que jamás se hubiese imaginado.
Allí sentada en aquel sillón se podía ver en su rostro el miedo que sentía ante la idea de la muerte del que sería su prometido, pálida, intranquila, esperaba a que las horas pasasen y el se recuperase.
Poco a poco los pitidos de aquella máquina se convirtieron  en una dulce nana la cual hizo que cayese rendida, que durmiese como una niña pequeña...
Unos inquietantes pitidos la despertaron, esta vez eran muchos más rápidos, la sala comenzó a llenarse de gente, enfermeras que corrían de un lado a otro, médicos que le rodeaban y no la permitían verle...
Alguien se percató de su presencia y la cogió para llevársela, pero ella no quería irse necesitaba verle, la angustia en su pecho era cada vez más grande y las lágrimas en su cara lo empapaban todo...
Más pitidos rápidos, golpes y esfuerzos de los médicos por conseguir salvarle, tras la puerta se escuchaba todo, ella necesitaba saber como estaba, sin el la vida no tendría sentido...
Derrepente todo se silenció, no se oía nada, un médico salió de la habitación y de nuevo pitidos constantes pero más relajados, había ganado una batalla, pero no la guerra.

jueves, 12 de julio de 2012

Paz.

Las paredes eran blancas, recién pintadas, las puertas de madera antigua chirriante, las literas daban una sensación de confort inigualable y en el aire se desprendia un olor extraño que te atrapaba como si fueses suyo...
Hacía cuatro años que iba allí de campamento y siempre me sentía como sid el primero se tratase, siempre experimentaba cosas nuevas, olores nuevos, sensaciones nuevas...
Todo de aquel lugar me gustaba, sus casa amarillentas, sus terrazas, sus flores de miles de colores, las mariposas revoloteando sobre la cabeza de un gato jugetón, hasta aquel cesped que pinchaba tan desagradable...
Había días que, miestras otras se divertían, yo me alejaba silenciosamente y me sentaba en aquel lugar secreto y miraba por la ventana como las ramas de los árboles se movían al ritmo de las suaves rachas de viento o como los pájaros piaban cerca de un pequeño nido. Esos días, al sentarme allí y respirar aquel aroma tan peculiar y a la vez ya tan familiar podía sentir como alcanzaba lo que mucho habían buscado durante años, la verdadera paz interna...

Azucena

Sentada frente a la ventana, viendo la lluvia chocando contra los fríos cristales de aquella extravagante casa, se encontraba Azucena, no sabía ni como, ni porque estaba allí, pero estaba completamente sola.
Había algo en aquel lugar que la inspiraba tranquilidad, pese a no acordarse de nada de lo sucedido en la últimas veinticuatro horas. No tenía miedo, no sentía esa angustia de no saber volver a casa, no notaba la necesidad de huir de allí...
Allí sentada intentaba encontrar la respuesta a su inevitable pregunta, a su enorme problema y mientras pensaba, veía pasar las horas por su ventana.
Todo era silencioso y tras ella, todo estaba oscuro, poco a poco la casa de colores alegres y vivos se fue convirtiendo en una casa fría, oscura, misteriosa...
Unos crujidos suaves, lejanos acompañaban a la transformación de la casa, unas pisadas cada vez más cercanas aterraban todo a su paso, una puerta chirriando, una alfombra aplastada y una mano en su espalda...
A la mañana siguiente Azucena ya no estaba allí, no había rastro de ella...